CAES. Centro de Artes Escénicas. Torre Pacheco  1  3 Resolución original (800x600)  Resolución ampliada (1024x768)  Incrementar tamaño de texto  Decrementar tamaño de texto  Tamaño de texto original

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La historia de Torre Pacheco está ligada a su parroquia. En 1603, Luis de Pacheco y Arroniz, Deán de la catedral de Murcia y capellán del rey Felipe III, ordenó edificar una ermita “bajo el pontificado de Clemente VIII, y durante el reinado de la Sacra Católica Majestad Felipe III.”
 

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SOLIDARIDAD Y RESPETO.- INMIGRACIÓN Imprimir E-mail
  Escrito por Miguel Galindo Sánchez.   Fecha: 27.01.2010.
Hay un viejo aforismo árabe que dice “tú tienes el reloj, pero yo tengo el tiempo”. Este dicho, si piensa en ello seriamente, tiene mucha enjundia. Quiere decir lo que dice. Que mientras unos mandan en el presente, otros lo harán en el futuro. Que mientras unos actuan acelerados, otros lo hacen pausadamente. Que si unos cosechan demandas, hay otros que siembran esperas. Y, al final, con paciencia y esperanza, el tiempo valdrá más, muchísimo más, que el reloj que solo sirve para medirlo. Aparte de que un reloj sin mañana no vale de nada. 

Y esto es lo que está pasando con el fenómeno de la inmigración en este puzzle llamado España. Y no digo puzzle por la variedad de razas, cuidado, si no por la variedad de gobiernos que la hacen ingobernable. Que ellos vienen con su inmensa necesidad a cuestas y con su inmensa paciencia en la mochila. Y vienen a sentarse, a sufrir y a esperar. Esperar lo que haga falta, que nada tienen ya que perder y mucho pueden ganar. Que el tiempo no les traerá más pobreza de la que ya conocen ni más miseria que la que han dejado atrás. Solo necesitan dos cosas: paciencia y esperanza. Y eso precisamente es de lo único que disponen de sobra.            

Y aquí hay un país hedonista y envejecido, egoísta en natalidad y exigente en comodidad, que los necesita aunque le pese. Necesita de su necesidad, de su mano de obra entregada y barata, de su fácil explotabilidad, para realizar los trabajos de mantenimiento de una sociedad caduca, rica y decadente, que no los quiere para sus escasos y malcriados hijos. Y todo va bien mientras cada casta se mantenga en su güetto y cada cual mantenga su estatus. Pero los desheredados vienen con la barriga vacía y el ingenio lleno. Y aprenden bien y rápido. Y aprenden lo malo antes que lo bueno, que es más fácil de aprender y ayuda a medrar en una sociedad debilitada por lo políticamente correcto y las falsas apariencias de una bien dotada hipocresía. Por eso aprenden primero a exigir y a esgrimir derechos, que es lo que más ven en nosotros y mejor le enseñamos. Y luego a acoquinar conciencias cortas de mangas con el adjetivo de racista, que haberlos haylos, si bien no tantos aunque sí tontos. Y después a delinquir, que es una forma fácil de vivir si se saben aprovechar derechos y facilidades… que comparada con la justicia de su país, ésta es de broma.            

Y en este mismo punto es cuando casi seguro empiezo a ser reo de anatema por parte de colectivos y organizaciones que hacen profesión de perseguir liebres en los espejos. Y en este ahora es cuando se empezará a colgarme el patético por absurdo sambenito de racista… Con lo derechico que había empezado su columna de hoy, y cómo se le está torciendo al jodío éste… ¿cómo se le ocurre mirar las dos caras de la misma moneda?.. Si sólo hay una que mirar.             

Pero el pensar “no la reconozco, no existe” es sencillamente estúpido. Y suicida. Porque sí existe. Es una realidad pertinaz ante las narices de todos los que tengan ojos en la cara y en la inteligencia. Del total de presentaciones en los juzgados por estar incursos en delitos, un 65% son árabes (algunos con 3 y 4 expedientes abiertos), un 17% extranjeros de diversia étnia, y un 18% españoles de diversa calaña. Y encima, sobre el 75% de esa misma población foránea, solicita la nacionalidad española. Son datos fiables y objetivos, y no me estoy inventando nada que no pueda demostrarse. Sin embargo, somos totalmente incapaces de largar a los delincuentes y quedarnos con los rectos. Y hacerles un favor a ellos  y a nosotros mismos.            

Y es que confundimos la solidaridad con el respeto. No sabemos hacer respetar nuestras leyes ni nuestras normas de convivencia al que viene a vivir con y de nosotros. Se nos encoge el ombligo. Una nación madura, responsable y sin complejos, sabe acoger y rechazar, sabe premiar y castigar, exigir y conceder, ser justa y equilibrada, fuerte y flexible a la vez. Pero aquí no. Nosotros nos mostramos siempre acojonados, nos la cogemos con papel de fumar, y estamos proyectando, para los unos y para los otros, un futuro tan irresponsable como desquiciado. Ojalá y me equivoque, ojalá…

         

           

           

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